El Telón
Y el jardín secreto florecía y florecía, y cada mañana revelaba nuevos milagros.
En el nido del petirrojo había huevos, y la compañera del petirrojo se sentaba sobre ellos, manteniéndolos calientes con su pequeño pecho emplumado y sus cuidadosas alas. Al principio estaba muy nerviosa, y el petirrojo mismo se mostraba indignado y vigilante.
Ni siquiera Dickon se acercaba por entonces a aquel rincón de espeso follaje, sino que esperaba hasta que, por obra silenciosa de algún misterioso sortilegio, parecía haberle transmitido al alma de la parejita que en el jardín no había nada que no fuera exactamente igual a ellos —nada que no comprendiera la maravilla de lo que les estaba ocurriendo—, la inmensa, tierna, terrible, desgarradora belleza y solemnidad de los Huevos.
Si hubiera habido en ese jardín una sola persona que no hubiera sabido en lo más recóndito de su ser que, si se le quitaba o se le hacía daño a un Huevo, el mundo entero daría vueltas, se estrellaría en el espacio y llegaría a su fin —si hubiera habido tan solo una que no lo sintiera y actuara en consecuencia—, no habría podido haber felicidad ni siquiera en aquel aire primaveral y dorado.
Pero todos lo sabían y lo sentían, y el petirrojo y su compañera sabían que lo sabían.
Al principio, el petirrojo observó a Mary y a Colin con aguda ansiedad. Por alguna misteriosa razón, sabía que no necesitaba vigilar a Dickon. En