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nydus/The Secret GardenPublic
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XXIII. Magia

Colin lo vio todo, observando cada cambio a medida que se producía. Todas las mañanas lo sacaban y cada hora de cada día en que no llovía la pasaba en el jardín. Hasta los días grises le agradaban. Se tendía en el césped «viendo crecer las cosas», decía.

Si uno miraba el tiempo suficiente —afirmaba—, podía ver cómo los brotes se desenvainaban. También podía entablar conocimiento con extraños e hiperactivos insectos que corrían de un lado a otro en diversas misiones desconocidas pero evidentemente serias, a veces cargando diminutos trozos de paja, pluma o comida, o trepando por briznas de hierba como si fueran árboles desde cuyas cimas se pudiera atisbar para explorar el país.

Un topo levantando su montículo al final de su madriguera y abriéndose paso por fin con aquellas patas de uñas largas que tanto se parecían a manos élficas, lo había absorto durante toda una mañana.

Las costumbres de las hormigas, de los escarabajos, de las abejas, de las ranas, de los pájaros, de las plantas, le ofrecían un nuevo mundo que explorar y, cuando Dickon se los reveló todos y añadió las costumbres de los zorros, las nutrias, los hurones, las ardillas, las truchas, las ratas de agua y los tejones, no había fin para las cosas de las que hablar y en las que pensar.

Y esto no era ni la mitad de la Magia. El hecho de que de verdad se hubiera sostenido sobre sus pies una vez había puesto a Colin a pensar enormemente y cuando Mary le habló del conjuro que había obrado, se entusiasmó y lo aprobó en gran medida. Hablaba de ello constantemente.

—Por supuesto que debe haber mucha Magia en el mundo —dijo con sabiduría un día—, pero la gente no sabe cómo es ni cómo hacerla. Tal vez el principio sea simplemente decir que van a suceder cosas agradables hasta que haces que sucedan. Voy a intentarlo y a hacer un experimento.

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