«La madre dice que no hay razón para que viva ningún niño que no recibe aire fresco y no hace otra cosa que estar tumbado boca arriba, leer libros de monigotes y tomar medicinas. Es débil y le da pereza que lo saquen al aire libre, y se resfría tan fácilmente que dice que eso lo pone enfermo».
Mary se sentó a mirar el fuego.
—Me pregunto —dijo lentamente—, si no le haría bien salir a un jardín y ver crecer las cosas. A mí me hizo bien.
—Uno de los peores ataques que le han dado —dijo Martha—, fue una vez que lo sacaron a donde están las rosas, junto a la fuente. Había estado leyendo en un periódico acerca de gente que contraía algo que él llamaba «fiebre del heno», y empezó a estornudar y dijo que la había cogido; y entonces un nuevo jardinero que no conocía las reglas pasó por su lado y lo miró con curiosidad. Él montó en cólera y dijo que lo había mirado porque iba a volverse jorobado. Lloró tanto que le dio fiebre y estuvo enfermo toda la noche.
—Si alguna vez se enoja conmigo, no lo volveré a ver nunca más —dijo Mary.
—Él te tendrá si te quiere —dijo Martha—. Más te vale saberlo desde el principio.
Muy poco después sonó una campana y ella enrolló su labor de punto.
—Me atrevo a decir que la enfermera quiere que me quede un poco con él —dijo—. Espero que esté de buen humor.
Salió de la habitación unos diez minutos y luego regresó con una expresión desconcertada.
—Vaya, pues lo ha hechizado —dijo ella—. Está en su sofá con sus libros de láminas. Le ha dicho a la enfermera que no se acerque hasta las seis en