un momento parecía casi bonita.
—¡Me gustas! ¡Me gustas! —gritó ella, avanzando a pasitos ligeros por el sendero; y gorjeó e intentó silbar, cosa que esto último no sabía hacer en absoluto.
Pero el petirrojo pareció quedar bastante satisfecho y le devolvió los gorjeos y silbidos. Al fin extendió las alas y emprendió un vuelo raudo hacia la copa de un árbol, donde se posó y cantó con fuerza.
Eso le recordó a Mary la primera vez que lo había visto. Él había estado meciéndose en la copa de un árbol entonces y ella había estado de pie en el huerto. Ahora ella estaba al otro lado del huerto y de pie en el sendero fuera de un muro—mucho más abajo—y estaba el mismo árbol dentro.
—Está en el jardín al que nadie puede entrar —se dijo—. Es el jardín sin puerta. Él vive ahí. ¡Cómo desearía poder ver cómo es!
Corrió por el caminado hasta la puerta verde por la que había entrado la primera mañana. Luego corrió por el sendero hacia la otra puerta y después al huerto, y cuando se detuvo y levantó la vista, allí estaba el árbol al otro lado del muro, y allí estaba el petirrojo que acababa su canción y empezaba a arreglarse las plumas con el pico.
“Es el jardín”, dijo. “Estoy segura de que lo es”.
Dio la vuelta y miró de cerca ese lado del muro del huerto, pero solo encontró lo que ya había encontrado antes: que no había ninguna puerta en él. Luego volvió a cruzar los huertos de legumbres y salió al sendero que discurría junto al largo muro cubierto de hiedra, caminó hasta el final y lo miró, pero no había ninguna puerta; y entonces caminó hasta el otro extremo, mirando de nuevo, pero no había puerta.
—Es muy extraño —dijo ella—. Ben Weatherstaff dijo que no había puerta y no hay puerta. Pero debió de haber una hace diez años, porque el señor Craven enterró la llave.