Mary había lucido su expresión obstinada durante una hora después de aquello, pero aquello la hizo pensar en varias cosas completamente nuevas.
Se quedó de pie junto a la ventana unos diez minutos esta mañana, después de que Martha hubo barrido el hogar por última vez y bajado las escaleras.
Estaba dándole vueltas a la nueva idea que se le había ocurrido al enterarse de la biblioteca. La biblioteca en sí no le importaba mucho, porque había leído muy pocos libros; pero oír hablar de ella le trajo a la memoria las cien habitaciones de puertas cerradas.
Se preguntó si estarían todas realmente cerradas con llave y qué se encontraría si lograba entrar en alguna de ellas. ¿Había cien de verdad? ¿Por qué no iba a ver cuántas puertas podía contar? Sería algo que hacer en aquella mañana en la que no podía salir.
Nunca le habían enseñado a pedir permiso para hacer las cosas y no sabía absolutamente nada acerca de la autoridad, así que no habría considerado necesario preguntarle a la señora Medlock si podía caminar por la casa, ni siquiera de haberla visto.
Abrió la puerta de la habitación y salió al corredor, y entonces comenzó sus deambulares. Era un largo corredor que se ramificaba en otros corredores y la conducía por tramos cortos de escaleras que ascendían a otros nuevos. Había puertas y más puertas, y había cuadros en las paredes. A veces eran pinturas de paisajes oscuros y curiosos, pero la mayoría de las veces eran retratos de hombres y mujeres con trajes extraños y suntuosos hechos de satén y terciopelo. Se encontró en una larga galería cuyas paredes estaban cubiertas de estos retratos. Nunca había pensado que pudiera haber tantos en una sola casa.