—Dices: «Tienes mi permiso para irte» —contestó Mary.
El Rajá hizo un gesto con la mano.
—Tienes mi permiso para marcharte, Roach —dijo—. Pero recuerda, esto es muy importante.
—¡Cras, cras! —comentó el cuervo con voz ronca pero no desatenta.
—Muy bien, señor. Gracias, señor —dijo el señor Roach, y la señora Medlock lo sacó de la habitación.
Fuera, en el pasillo, siendo un hombre bastante bondadoso, sonrió hasta casi echarse a reír.
—¡Válgame Dios! —dijo—, tiene unos aires de gran señor que no se aguanta, ¿verdad? Diríase que es toda la Familia Real metida en uno: el príncipe consorte y todo.
—¡Eh! —protestó la señora Medlock—, hemos tenido que dejar que nos pase por encima a todos desde que tiene uso de razón y él se cree que para eso nació la gente.
—Quizás se le pase con el tiempo, si es que vive —sugirió el señor Roach.
—Bueno, de una cosa estoy bien segura —dijo la señora Medlock—. Si llega a vivir y esa niña india se queda aquí, te apuesto a que le enseña que la naranja entera no le pertenece, como dice Susan Sowerby. Y es probable que él descubra el tamaño de su propia porción.
Dentro de la habitación, Colin estaba recostado sobre sus cojines.
“Ya es todo seguro —dijo—. ¡Y esta tarde lo veré; esta tarde estaré en él!”.
Dickon volvió al jardín con sus criaturas y Mary se quedó con Colin. Ella no creía que él se viera cansado, pero estuvo muy callado antes de que