la segunda puerta verde. Allí encontró más paredes, verduras de invierno y estructuras de cristal, pero en la segunda pared había otra puerta verde y no estaba abierta. Tal vez conducía al jardín que nadie había visto en diez años. Como no era una niña tímida en absoluto y siempre hacía lo que quería hacer, Mary se acercó a la puerta verde y giró el picaporte. Esperaba que la puerta no se abriera porque quería estar segura de haber encontrado el jardín misterioso; pero se abrió con bastante facilidad y ella la atravesó y se halló en un vergel. También había paredes a su alrededor y árboles espalderos contra ellas, y había árboles frutales desprovistos de hojas que crecían en la hierba tostada por el invierno; pero no se veía ninguna puerta verde por ninguna parte. Mary la buscó y, sin embargo, cuando había entrado por el extremo superior del jardín, había notado que la pared no parecía terminar con el vergel, sino extenderse más allá, como si cercara un lugar al otro lado. Podía ver las copas de los árboles por encima de la pared y, cuando se quedó quieta, vio a un pájaro con el pecho rojo brillante posado en la rama más alta de uno de ellos y, de repente, rompió a cantar su canción de invierno, casi como si la hubiera visto y la estuviera llamando.
Ella se detuvo a escucharlo y, de algún modo, su silbido alegre y amistoso le produjo una sensación de agrado; incluso una niña desagradable puede sentirse sola, y la gran casa cerrada,