posibilidad al paciente.
—El muchacho está extraordinariamente mejor —dijo—. Su avance parece casi anormal. Pero, por supuesto, ahora está haciendo por su propia voluntad lo que antes no podíamos lograr que hiciera. Aun así, se excita con mucha facilidad y no hay que decirle nada que pueda irritarlo.
Mary y Colin estaban muy alarmados y hablaban juntos con ansiedad. De este momento databa su plan de «representar una obra».
—Es posible que me vea obligado a hacer un berrinche —dijo Colin con pesar—. No quiero hacer uno y ahora no estoy tan infeliz como para provocar uno grande. Quizá ni siquiera pudiera hacer uno. Ese nudo ya no se me hace en la garganta y me la paso pensando en cosas lindas en lugar de cosas horribles. Pero si hablan de escribirle a mi padre, tendré que hacer algo.
Tomó la decisión de comer menos, pero por desgracia no era posible llevar a cabo esa brillante idea cuando se despertaba cada mañana con un apetito voraz y la mesa junto a su sofá aparecía servida con un desayuno de pan casero y mantequilla fresca, huevos blancos como la nieve, mermelada de frambuesa y crema agria. Mary desayunaba siempre con él y, cuando se encontraban ante la mesa —sobre todo si había finas lonchas de jamón chisporroteante que desprendían tentadores aromas bajo una tapadera de plata caliente—, se miraban a los ojos con desesperación.
“Creo que tendremos que comérnoslo todo esta mañana, Mary”, terminaba diciendo siempre Colin.
“Podemos rechazar parte del almuerzo y una gran cantidad de la cena”.
Pero nunca descubrieron que pudieran mandar a devoler nada, y el estado sumamente pulido de los platos vacíos que regresaban a la despensa despertó muchos comentarios.