todo. Irían en coche por el páramo y almorzarían al aire libre entre el brezo. Verían a los doce niños y al jardín de Dickon y no regresarían hasta que estuvieran cansados.
Susan Sowerby se levantó por fin para volver a la casa y con la señora Medlock. Ya era hora de que a Colin lo llevaran también de vuelta en su silla. Pero antes de subirse a ella, se quedó muy cerca de Susan y clavó sus ojos en ella con una especie de adoración desconcertada, y de pronto agarró el pliegue de su capa azul y lo sostuvo con fuerza.
—Eres justamente lo que yo—lo que yo quería —dijo—. ¡Ojalá fueras mi madre, además de la de Dickon!
De repente, Susan Sowerby se inclinó y lo atrajo con sus cálidos brazos contra su pecho bajo la capa azul, como si hubiera sido hermano de Dickon. La rápida neblina cubrió sus ojos.