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nydus/The Secret GardenPublic
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XI. El nido del zorzal charlo

Dickon se sentó sobre sus talones tal como hacía Martha cuando lustraba la estufa. Parecía gracioso y encantador, pensó Mary, con sus redondos ojos azules, sus mejillas rojas y su nariz respingona de aspecto feliz.

—¿Solo cinco personas de tu agrado? —dijo—. ¿Quiénes son los otros cuatro?

“Tu madre y Martha,” Mary las fue contando con los dedos, “y el petirrojo y Ben Weatherstaff”.

Dickon se rio de tal manera que se vio obligado a sofocar el sonido poniéndose el brazo sobre la boca.

—Sé que piensas que soy un muchacho raro —dijo—, pero yo creo que tú eres la niña más rara que he visto en mi vida.

Entonces Mary hizo algo extraño. Se inclinó hacia adelante y le hizo una pregunta que jamás se le habría ocurrido hacerle a nadie antes. Y trató de hacerla en yorkshire porque ese era su idioma, y en la India a un nativo siempre le alegraba que conocieras su dialecto.

—¿Te caigo bien? —dijo ella.

—¡Eh! —contestó con franqueza—, ¡pues claro que sí! ¡Me caes requetebién, y el petirrojo también, eso creo!

—Pues ya son dos —dijo Mary—. Dos para mí.

Y entonces empezaron a trabajar más duro que nunca y con más alegría.

Mary se sorprendió y sintió pena cuando oyó dar la hora de su almuerzo al gran reloj del patio.

—Tendré que irme —dijo con tristeza—. Y tú también tendrás que irte, ¿verdad?

Dickon sonrió.

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