—Mira por la ventana dentro de unos diez minutos y lo verás —respondió la mujer—. Tenemos que recorrer cinco millas a través de Missel Moor antes de llegar a la Mansión. No se ve gran cosa porque es una noche oscura, pero algo podrás ver.
Mary no hizo más preguntas, sino que esperó en la oscuridad de su rincón, sin quitar los ojos de la ventana. Los faroles del carruaje proyectaban rayos de luz a poca distancia por delante de ellos y ella divisaba fugazmente las cosas por las que pasaban. Tras dejar la estación, habían atravesado un pueblecito y ella había visto casas encaladas y las luces de una taberna. Luego pasaron junto a una iglesia, una vicaría y algún que otro pequeño escaparate en una casita con juguetes, caramelos y cosas extrañas expuestas para la venta. Después ya estaban en la carretera principal y vio setos y árboles. A partir de aquello pareció no haber nada distinto durante un buen rato—o al menos eso le pareció a ella.
Al fin los caballos empezaron a ir más despacio, como si estuvieran subiendo una cuesta, y al poco rato pareció no haber más setos ni más árboles.
De hecho, no podía ver nada, salvo una densa oscuridad a ambos lados. Se inclinó hacia delante y presionó el rostro contra la ventanilla justo cuando el carruaje dio una gran sacudida.
—¡Eh! Ya estamos en el páramo sin duda alguna —dijo la señora Medlock.
Las linternas del carruaje proyectaban una luz amarilla sobre un camino de aspecto agreste que parecía abierto entre arbustos y vegetación baja, los cuales terminaban en la gran extensión de oscuridad que Aparentemente se extendía ante y alrededor de ellos.
Se levantaba un viento que producía un sonido singular, salvaje, grave y vertiginoso.