No había sido valiente; nunca había intentado poner ningún otro pensamiento en el lugar de los oscuros. Había deambulado junto a lagos azules y los había pensado; se había tendido en las laderas de las montañas con mantos de gencianas de un azul intenso floreciendo a su alrededor y alientos de flores llenando todo el aire, y los había pensado. Un terrible dolor se había abatido sobre él cuando había sido feliz y había dejado que su alma se llenara de negrura y se había negado obstuscadamente a permitir que ninguna rendija de luz la atravesara. Había olvidado y abandonado su hogar y sus deberes. Cuando viajaba, la oscuridad se cernía tanto sobre él que su sola presencia era una ofensa cometida contra los demás, porque era como si envenenara el aire a su alrededor con pesadumbre. La mayoría de los desconocidos pensaba que debía de estar medio loco o ser un hombre con algún crimen oculto en su conciencia. Era un hombre alto, de rostro demacrado y hombros encorvados, y el nombre que siempre anotaba en los registros de los hoteles era: «Archibald Craven, Misselthwaite Manor, Yorkshire, Inglaterra».
Había viajado de un confín a otro desde el día en que vio a la señora Mary en su estudio y le dijo que podía tener su «pedacito de tierra».
Había estado en los lugares más hermosos de Europa, aunque no se había quedado en ninguno más de unos pocos días. Había elegido los sitios más tranquilos y remotos.
Había estado en las cimas de montañas cuyas cabezas se perdían entre las nubes y había contemplado otras montañas desde lo alto cuando el sol se alzaba y las rozaba con una luz tal que parecía que el mundo acabara de nacer.
Pero la luz nunca había parecido tocarlo a él hasta el día en que comprendió que por primera vez en diez años había sucedido una cosa