A la señora Medlock se la veía complacida. Le aliviaba saber que no tendría que «ocuparse» demasiado de Mary. La había considerado una carga molesta y, de hecho, se había mantenido tan alejada de ella como se atrevió. Además de esto, sentía debilidad por la madre de Martha.
—Gracias, señor —dijo ella—. Susan Sowerby y yo fuimos juntas a la escuela y es una mujer tan sensata y de tan buen corazón como la que uno podría encontrar en un día de camino. Yo nunca tuve hijos y ella ha tenido doce, y jamás los ha habido más sanos ni mejores. A la señorita Mary no le puede venir ningún mal de parte de ellos. Yo misma siempre seguiría el consejo de Susan Sowerby sobre los niños. Es lo que se podría llamar de mente sana, si me entiende.
—Comprendo —respondió el señor Craven—. Llévate a la señorita Mary ahora y dile a Pitcher que venga a verme.
Cuando la señora Medlock la dejó al final de su propio pasillo, Mary voló de regreso a su habitación. Encontró a Martha esperando allí. Martha se había apresurado, de hecho, después de haber retirado el servicio de cena.
—¡Puedo tener mi jardín! —gritó Mary—. ¡Puedo tenerlo donde quiera! ¡No voy a tener institutriz en mucho tiempo! ¡Tu madre va a venir a verme y puedo ir a tu cabaña! ¡Él dice que una niña pequeña como yo no podría hacer ningún daño y puedo hacer lo que quiera, ¡en todas partes!
—¡Eh! —dijo Marta con delicia—, eso ha sido un detalle por su parte, ¿verdad?
—Martha —dijo Mary solemnemente—, es un hombre realmente simpático, solo que su rostro es muy desdichado y tiene la frente toda arrugada.
Corrió tan rápido como pudo hacia el jardín. Había estado fuera mucho más tiempo del que había pensado y sabía que Dickon tendría que