—¡Es la madre! —dijo Dickon de nuevo cuando se encontraron a mitad de camino—. Sabía que querías verla y le dije dónde estaba escondida la puerta.
Colin extendió la mano con una especie de ruborizada timidez real, pero sus ojos devoraban por completo el rostro de ella.
—Aun cuando estaba enfermo quería verte —dijo—, a ti, a Dickon y al jardín secreto. Nunca antes había querido ver a nadie ni a nada.
La visión de su rostro levantado provocó un cambio repentino en el de ella. Se sonrojó, las comisuras de los labios le temblaron y una neblina pareció nublar sus ojos.
—¡Ay, querido muchacho! —prorrompió temblorosa—. ¡Ay, querido muchacho!, como si no hubiera sabido que iba a decirlo. No dijo «señorito Colin», sino simplemente «querido muchacho», de manera muy repentina. Se lo habría dicho a Dickon del mismo modo si le hubiera visto algo en el rostro que la hubiera conmovido. A Colin le gustó.
—¿Te sorprende que esté tan bien? —preguntó él.
Puso la mano en su hombro y sonrió para despejar la neblina de sus ojos.
—¡Pues claro que sí! —dijo ella—, pero eres tan parecido a tu madre que me diste un vuelco al corazón.
—¿Crees —dijo Colin un poco incómodo— que eso hará que mi padre me quiera?
—Sí, claro que sí, querido muchacho —respondió ella, dándole una suave y rápida palmada en el hombro—. Tiene que volver a casa—tiene que volver a casa.