—Un hombre iba cruzando el páramo vendiendo cosas —explicó Martha—. Y paró su carro en nuestra puerta. Llevaba ollas y sartenes y cachivaches, pero madre no tenía dinero para comprar nada. Justo cuando se iba, nuestra ’Lizabeth Ellen gritó: «Madre, tiene cuerdas de saltar con mangos rojos y azules». Y madre grita de repente: «¡Eh, pare, señor! ¿Cuánto cuestan?». Y él dice: «Dos peniques», y madre empezó a rebuscar en el bolsillo y me dice: «Martha, me has traído tu sueldo como buena muchacha, y tengo cuatro destinos para cada penique, pero voy a sacar dos peniques de ahí para comprarle una cuerda de saltar a esa niña», y compró una y aquí está.
Lo sacó de debajo del delantal y lo exhibió con bastante orgullo.
Era una cuerda fuerte y delgada con un mango de rayas rojas y azules en cada extremo, pero Mary Lennox nunca antes había visto una cuerda para saltar.
La contempló con expresión desconcertada.
—¿Para qué sirve? —preguntó con curiosidad.
—¡Vaya! —exclamó Martha—. ¿Eso quiere decir que no tienen cuerdas de saltar en la India, a pesar de tener elefantes, tigres y camellos! Con razón la mayoría son negros. Para esto es para lo que sirve; mírame bien.
Y corrió hacia la mitad de la habitación y, tomando un mango con cada mano, comenzó a saltar, y a saltar, y a saltar, mientras Mary se volvía en su silla para mironearla, y las caras extrañas de los viejos retratos parecían mironearla también, y preguntarse qué diablos se atrevía a estar haciendo esta vulgar aldeanita bajo sus mismas narices.
Pero Martha ni siquiera los vio. El interés y la curiosidad en la cara de la señora Mary la encantaron, y continuó saltando y contó mientras saltaba hasta que hubo llegado a cien.