sido costumbre que la señora Mary hiciera otra cosa que quedarse de pie y dejar que la vistieran como a una muñeca, pero antes de estar lista para el desayuno comenzó a sospechar que su vida en Misselthwaite Manor terminaría por enseñarle una buena cantidad de cosas totalmente nuevas para ella; cosas tales como ponerse sus propios zapatos y medias, y recoger las cosas que se le caían. Si Martha hubiera sido una doncella personal bien educada y distinguida, habría sido más sumisa y respetuosa, y habría sabido que era su labor cepillar el cabello, abotonar los botines, recoger las cosas y guardarlas. Ella era, sin embargo, solo una campesina ignorante de Yorkshire que se habí criado en una cabaña de los páramos con un enjambre de hermanos y hermanas pequeños que jamás habían soñado con hacer otra cosa que atenderse a sí mismos y a los más pequeños, que o bien eran bebés de cuna o apenas aprendían a dar tumbos y tropezar con las cosas.
Si Mary Lennox hubiera sido una niña dispuesta a divertirse, tal vez se habría reído de la facilidad de Martha para hablar, pero Mary se limitó a escucharla con frialdad y a extrañarse de su desparpajo.
Al principio no le interesó en absoluto, pero poco a poco, mientras la muchacha charlaba sin parar de un modo simpático y sencillo, Mary empezó a prestar atención a lo que decía.
—¡Eh! ¡Deberías verlos a todos —dijo ella—. > Hay doce en casa y mi padre solo gana dieciséis chelines a la semana. Ya te digo que