Susan Sowerby recorrió su jardín con ellos y le contaron toda su historia, y le enseñaron cada arbusto y cada árbol que había cobrado vida. Colin caminaba a un lado de ella y Mary al otro. Cada uno de ellos no dejaba de mirar su rostro risueño y acogedor, secretamente curiosos por la encantadora sensación que les transmitía: una especie de sensación cálida y protectora.
Parecía como si los comprendiera tal como Dickon comprendía a sus "criaturas". Se inclinaba sobre las flores y hablaba de ellas como si fueran niños.
Soot la siguió y una o dos veces le graznó y se posó en su hombro como si fuera el de Dickon. Cuando le contaron lo del petirrojo y el primer vuelo de los polluelos, soltó una risita maternal, suave y melodiosa en lo más hondo de la garganta.
—Supongo que enseñarles a volar es como enseñar a los niños a caminar, pero me temo que andaría siempre con el alma en vilo si los míos tuvieran alas en vez de piernas —dijo ella.
Fue