—Lo que me manden hacer —respondió el viejo Ben—. Me mantienen por compasión... porque le caía bien.
—¿Ella? —dijo Colin.
“La madre”, contestó Ben Weatherstaff.
—¿Mi madre? —dijo Colin, y miró a su alrededor con tranquilidad—. Este era su jardín, ¿verdad?
—¡Vaya que sí! —y Ben Weatherstaff miró a su alrededor también—. Le tenía un gran cariño.
—Ahora es mi jardín, me gusta mucho. Vendré aquí todos los días —anunció Colin—. Pero ha de ser un secreto. Mis órdenes son que nadie debe saber que venimos aquí. Dickon y mi prima han trabajado y lo han hecho cobrar vida. Mandaré a buscarte a veces para ayudar, pero debes venir cuando nadie pueda verte.
El rostro de Ben Weatherstaff se torció en una seca y vieja sonrisa.
“He venido aquí antes cuando nadie me veía”, dijo.
—¡Cómo! —exclamó Colin—. ¿Cuándo?
—La última vez que estuve aquí —frotándose la barbilla y mirando a su alrededor—, halla como dos años.
—¡Pero si no ha entrado nadie en diez años! —exclamó Colin—. ¡No había puerta!
—No soy nadie —dijo el viejo Ben con sequedad—. Y no entré por la puerta. Vine por encima del muro. El reuma me detuvo los últimos dos años.
—¡Has venido y has hecho un poco de poda! —exclamó Dickon—. No lograba entender cómo se había hecho.