el primer instante en que clavó su ojo negro y brillante como el rocío en Dickon, supo que no era un extraño, sino una especie de petirrojo sin pico ni plumas. Sabía hablar en petirrojo (que es un idioma bastante distinto que no debe confundirse con ningún otro). Hablar en petirrojo con un petirrojo es como hablar en francés con un francés. Dickon siempre le hablaba así al petirrojo, de modo que el extraño galimatías que usaba cuando les hablaba a los humanos no importaba en lo más mínimo. El petirrojo pensaba que les hablaba con ese galimatías porque no eran lo suficientemente inteligentes como para entender el discurso emplumado. Sus movimientos también eran de petirrojo. Jamás asustaban a nadie por ser lo suficientemente repentinos como para parecer peligrosos o amenazantes. Cualquier petirrojo podía entender a Dickon, así que su presencia ni siquiera resultaba perturbadora.
Pero al principio parecía necesario estar en guardia contra los otros dos. En primer lugar, la criatura muchacho no entró al jardín sobre sus piernas. Lo trajeron empujado en un artefacto con ruedas y tenía pieles de animales salvajes arrojadas encima. Eso en sí mismo era dudoso. Luego, cuando comenzó a ponerse de pie y a moverse, lo hacía de una manera extraña y poco habitual, y los demás parecían tener que ayudarlo. El petirrojo solía esconderse en un arbusto y observar esto con ansiedad, ladeando la cabeza primero hacia un lado y luego hacia el otro. Pensaba que los movimientos lentos podían significar que se estaba preparando para dar un zarpazo, como hacen los gatos. Cuando los gatos se preparan para dar un zarpazo, se arrastran por el suelo muy despacio. El petirrojo habló mucho de esto con su compañera durante unos días, pero después decidió no volver a hablar del tema porque el terror de ella