en pie al joven rajá para desafiar cara a cara al viejo Ben Weatherstaff. La extraña compañía, la representación teatral, el gran secreto guardado con tanto esmero. El oyente rio hasta que se le saltaron las lágrimas a los ojos y, a veces, se le saltaban las lágrimas a los ojos cuando no estaba riendo. El Atleta, el Conferenciante, el Descubridor Científico era un muchacho humano, divertido, adorable y sano.
—Ahora —dijo al final del relato—, ya no tiene por qué ser un secreto. Me atrevo a decir que se van a morir del susto cuando me vean, pero jamás volveré a sentarme en el sillón. Volveré contigo, padre, a la casa.
Las obligaciones de Ben Weatherstaff rara vez lo alejaban de los jardines, pero en esta ocasión buscó la excusa de llevar unas verduras a la cocina y, habiendo sido invitado al salón del servicio por la señora Medlock a beber un vaso de cerveza, se encontraba allí en el momento oportuno —tal como había esperado estar— cuando ocurrió de verdad el acontecimiento más dramático que la mansión Misselthwaite había presenciado en la presente generación.
Una de las ventanas que daban al patio ofrecía también una rendija de vista hacia el césped.
La señora Medlock, sabiendo que Ben había venido de los jardines, esperaba que hubiera alcazado a ver a su amo y, tal vez incluso por casualidad, su encuentro con el amo Colin.
—¿Viste a alguno de los dos, Weatherstaff? —preguntó ella.
Ben retiró la jarra de cerveza de la boca y se secó los labios con el dorso de la mano.
—Vaya que sí lo hice —respondió con un aire astutamente significativo.
—¿A los dos? —sugirió la señora Medlock.