Más de una vez Dickon detuvo lo que estaba haciendo y se quedó inmóvil con una especie de creciente asombro en los ojos, moviendo la cabeza suavemente.
—¡Ea! Está de rechupete —dijo—. Tengo doce camino de trece y hay un montón de tardes en trece años, pero me parece que nunca he visto una tan de rechupete como esta.
—Sí, es una hermosura de verdad —dijo Mary, y suspiró de pura alegría—. Te apostaría a que es la más hermosa que ha habido jamás en este mundo.
—¿Crees —dijo Colin con soñadora cautela— que por ventura se hizo esto de aquí a propósito para mí?
—¡Válgame Dios! —exclamó Mary con admiración—, eso sí que es un buen pedazo de Yorkshire. Vas por muy buen camino, ¡vaya que sí!
Y reinó el deleite.
Acercaron la silla bajo el ciruelo, que era de un blanco de nieve por las flores y musical de abejas. Era como el dosel de un rey, de un rey de las hadas. Había cerezos en flor cerca y manzanos cuyos capullos eran rosados y blancos, y aquí y allá alguno se había abierto de par en par. Entre las ramas floridas del dosel, pedazos de cielo azul miraban hacia abajo como ojos maravillosos.
Mary y Dickon trabajaban un poco aquí y allá y Colin los observaba. Le traían cosas para mirar: capullos que se estaban abriendo, capullos que estaban firmemente cerrados, trozos de ramitas cuyas hojas apenas mostraban su verdor, la pluma de un pájaro carpintero que había caído sobre el césped, la cáscara vacía de algún pájaro nacido temprano. Dickon empujaba la silla lenta y repetidamente por el jardín, deteniéndose a cada segundo para dejarle ver las maravillas que brotaban de la tierra o