Oh Madre eterna, divina, satánica, abarcadora de todo, nutricia de todo, absorbente de todo, Oh Diosa ceñida de estrellas, de sandalias de perlas, soy tuyo por siempre jamás: ya sea como un hijo de tu vientre, o como la encarnación de una ola espiritual de tu luz, o como una muda y ciega personificación de tus sonrisas y tus lágrimas, o como un fuego fatuo de la inteligencia que está en ti o más allá de ti, soy tuyo por siempre jamás: acudo a ti, postro mi rostro ante ti, me entrego por completo a ti. Oh, tócame de nuevo con tu vara divina; reméceme una vez más en tus misteriosos alambiques; rehazme para adaptarme al majestad del silencio de tus colinas, a la pureza supernal de tu cielo, a la mística austeridad de tus arboledas, a la modestia de tus arroyos de lento caudal y suave fluir, al orgullo imperioso de tus pinos, a la belleza salvaje y la constancia de tus arroyuelos de montaña. tómame en tus brazos y susúrrame tus secretos; llena mis sentidos con tu aliento divino; muéstrame el fondo de tu terrible espíritu; golpéame en tus tempestades, infundiéndome de tu aspereza y tu fuerza, de tu poder y tu grandeza; arrúullame en tus atardeceres otoñales para enseñarme las artes que enajenan, exaltan, sobrenaturalizan. ¡ Cántame una nana, oh Madre eterna! Dame a beber de tu amor, divino y diabólico; tu crueldad y tu bondad, ambas las acepto, con tal de que me susurres el secreto de ambas. Úntame con el crisma de la espontaneidad para que sea siempre digno de ti.—No retires de ti tu mano, no sea que el amor y la compasión universales mueran en mi pecho.—Te lo imploro,
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A la Naturaleza
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