Miro hacia atrás, al descender al uadi, y veo que eres tan hermosa de día como lo eres de noche. Tus frontones rosados bajo un cielo de diciembre no parecen tan chillones como en verano. Y las laderas boscosas, salpicadas de tus casas de piedra blanca, que asoman aquí entre las moreras, se levantan allá bajo los nogales y álamos, y se alzan más allá en un grupo como una pirámide jaspeada, esta ladera pintoresca sobre la cual golpeas siempre el yunque, haces girar la rueda, lanzas la lanzadera, moldeas el barro y te revuelcas además en el fango de la lucha y la discordia, esta hermosa ladera se parece, sin embargo, desde esta distancia, a un altar erigido a la Naturaleza.
No te miro más; adiós.
“Desciendo por el uadi hacia el río Licos de los antiguos; y al cruzar el puente de piedra, una hora de ascensión me lleva a uno de los pueblos de Kesruán. En el horizonte gris de allí a lo lejos, se alza la estatua de bronce encalado de la Virgen María sobre su pedestal negruzco, pareciendo, desde esta distancia, una vela en un candelero de bronce. Esa estatua, de aquí a cincuenta años, la bautizarán de nuevo los habitantes del Líbano como la Estatua de la Libertad. La masonería, incluso hoy, alza a su alrededor su maza. Pero si estas montañas sagradas serán más felices y prósperas bajo su régimen, no sabría decirlo. Los masones y el patriarca de los maronitas están sin duda más seguros. Tan solo sé esto: que entre la espada y la pared, la Virgen María sabrá valérselas por sí misma. Pues aunque el nombre sea cambiado, y el cepillo de limosnas arrojado al mar, será siempre venerada por el pueblo. La Estatua de la Santa Virgen de la Libertad será llamada, y los jesuitas y sacerdotes podrán ir a mendigar. Mientras tanto, el patriarca lanzará sus alocuciones, y los jesuitas, sus opúsculos, contra el racionalismo, el ateísmo, la masonería y otros supuestos enemigos de su Santísima Virgen, y los señalarán como enemigos de Abdul Hamid. ¡Es curioso cómo el sultán de los otomanos puede servir a la causa de la Virgen!”.