Un sueño de imperio
“No me muero de hambre por el placer —le dijo una vez Jalid a Shakib—, ni por el amor libre y liviano de un capricho exquisito.
Aquellas florecillas que brotan y se marchitan en el rubor del alba son para las mariposas pequeñas. El amor que perdura, dame ese. Y ha de ser de la más profunda estirpe divina, tan profundo y divino como el amor maternal. El hombre es de la Eternidad, no del Tiempo; y el amor, el atributo más alto del hombre, debe serlo asimismo. Conmigo debe perdurar a través de todos los mundos e inmensidades; de otro modo, no levantaría un dedo por él.
El placer, Shakib, es para el niño que llevamos dentro; la alegría sexual, para el animal; el amor, para el dios. Por eso digo que, cuando pongas tu sello al contrato, asegúrate de que sea de la clase que todos los dioses de todos los mundos futuros se llevarán a los labios con reverencia.
Pero el espíritu infantil de Jalid, por no decir su puerilidad, no es, como él quisiera hacernos creer, cosa del pasado. Tampoco la bestia y el dios que habitan en su interior están siempre de acuerdo en cuanto a qué es y qué no es un amor divino y eterno.
En Nueva York, sin duda, rozó a menudo las alas con aquellas florecillas que «florecen y se marchitan en el sonoro rubor del alba». Y no le desagradó en absoluto descubrir que el polvo que se acumula en las alas añade un encanto al colorido de la vida. Pero qué falso y trivial era, después de todo. El polvo de oro y el polvo del camino, ¿acaso resistirían