un Balzac pudiera sugerir. Aquí está también Shakespeare en estado lamentable; ahí está Carlyle en harapos, clamando todavía, por decirlo así, contra la inmundicia y la bestialidad de este inframundo. Y miren a mi lord Tennyson tiritando en su desnudez y condenado a hacer compañía al más mezquino de los poetastros. Observen cómo Emerson se retuerce y se agita en esta multitud aplastante. ¿Acaso no parece seguir suspirando por un poco de soledad?
Pero aquí también hay focos de un interés literario rarísimo. Muy cerca de la más vil novela barata se encuentra el ejemplar autógrafo de un libro que quizás no encontraría en Brentano’s. En efecto, las rarezas se hallan aquí codo a codo con las superfluidades —las abominaciones con las bendiciones de la literatura—, amontonadas, reducidas a un plano común. Y todo en un estado que delata la época en que fueron albergadas en el afecto de alguien. Ahora yacen pudriéndose en estos montones y en estos estantes, a la espera de una mirada curiosa, de una mano bondadosa.