Un icono roto, una puerta rota, una cabeza rota: un alto precio este que el tío malhumorado y el padre cruel tuvieron que pagar por frustrar la voluntad del pequeño Khalid. «Pero entró en la Acrópolis como un conquistador —dice nuestro Escriba—; ganó la batalla». Y durmió en el templo, en el pórtico del mismo, tan profundamente como un arriero. Y las golondrinas en las hornacinas de arriba le oyeron dormir.
Por la mañana se ciñe los lomos con firme resolución. No volverá a cruzar el umbral de la puerta de su padre. Se hace arriero y alcanza el éxito del que hemos hablado.
Su primer ideal romántico era ser dueño del mejor caballo de Baalbek; y poder cabalgar hasta el campamento de los árabes y ser confundido con uno de ellos fue su primera gran ambición. La cual realiza antes de lo que creía. Pues la frugalidad, el valor y la perseverancia son algunos de los ásperos granos de su carácter.
Pero no bien se ve en posesión de su ideal, cuando comienza a aflojar su aferramiento a este. Vendió su yegua al turista, y se alegraba de no haber alcanzado el mismo éxito en su primer amor. Pues amaba a su yegua, y no podría haber amado más a su prima Najma.
“La constatación es algo terrible”, escribe nuestro Escriba, citando a su Maestro.
Pero cuándo fue pronunciada esta excelente pieza de sabiduría, si cuando navegaba en barcos de papel en Baalbek o cuando desplegaba sus velas en Nueva York, no podemos decirlo.
Y ahora, calentándose al fuego de su primer ideal, Khalid buscará la orilla y se lanzará a mares desconocidos hacia tierras desconocidas.