«¿Ves aquella roca? Te llamé a gritos cuando andabas gateando a su alrededor, pero no me oíste. De esa misma roca cayó un leñador la semana pasada y, al caer, parecía un pájaro desplumado. Debió de morir antes de llegar al suelo. Sus huesos están esparcidos entre esas rocas. Da gracias a tu Dios y a tu madre. Sus oraciones te han salvado».
“Madre mía, cuánto hace que no te veo, cuánto hace que no pienso en ti. Mi amorosa madre, hasta el áspero y rudo espíritu de un arriero puede ver en lo invisible la belleza y la benevolencia de una devoción como la tuya. Las palabras de este hijo moreno del camino, que llegan como a través de la trompeta de la revelación para reconvenirme, se hunden en lo profundo de mi corazón y arrancan lágrimas de mis ojos. Pues, ¿acaso no estás siempre rezando por tu doliente hijo y por su salvación? ¿Cuántas cuentas desgranas cada noche, cuántas horas te postras ante la Virgen, sollozando, suplicando, golpeándote el pecho? Y todo por uno que hasta ahora, desde que salió de Baalbek, no pensó en ti. Déjame besarte, oh, hermano mío, por