en venganza el icono de la Santísima Virgen, su padre lo echa de casa. Sin quejarse, sin gimotear, se marcha.
Y al oír a los bulbules llamar en dirección a la casa de Najma esa tarde, se encamina hacia allí. Pero el malhumorado y cruel tío también lo rechaza y echa el cerrojo. Con lo cual Khalid, que entonces entraba en la primera adolescencia, toma una gran roca rugosa y la lanza contra esa puerta. El tío malhumorado sale precipitadamente, fanfarrón, maldiciendo; el sobrino toma otro de esos proyectiles rugosos y lo hace silbar por encima de su hombro. El segundo le roza la oreja. El tercero le hace brotar sangre de la sien. Y esto, mientras emprende la retirada y maldice a su padre, a su tío y a sus antepasados hasta cincuenta generaciones atrás.
Ahora está a salvo en el olmedo, y su tío renuncia a su tutela. Con la cabeza rota regresa a casa, y Jalid, con el corazón roto, emprende el camino hacia la Acrópolis, el único refugio a la vista. Al relatar esta historia, Shakib menciona «la horrible luna vieja, que sonreía con maldad sobre la ciudad aquella noche».