son arrancados de sus hogares y de sus escuelas para ser ofrecidos a ti en el altar sacrificial de las Fábricas y las Hilanderías. Los cultos también, y los sabios, cuentan entre tus esclavos. Incluso los justos se entregan a ti y están dispuestos a sufrir esa espantosa transformación. Oh, Éxito, qué letanía infernal te cantan tus devotos y sumos sacerdotes. … ¡Despiadada Gorgona, qué crímenes estás cometiendo, y qué crímenes se cometen en tu nombre!”
De lo cual se evidencia que Khalid no desea el éxito. A Khalid le basta con poder mantener su dominio sobre los pocos pies libres que tiene en el sótano, y seguir reponiendo su pequeña provisión de lentejas y aceite de oliva.
Pues tanto le daría ser víctima del éxito, nos asegura, como renunciar a su mujaddara. Y aun teniendo esto, que considera un lujo, está dispuesto a echar mano a lo que sea, con tal de preservar inviolada la integridad de su alma y la libertad de su mente. Estos son algunos de los términos favoritos de Khalid. Y en la medida en que pueda seguir repitiéndoselos a sí mismo, se siente sumamente contento.
Él puede ser un esclavo si, a la vez que se arrastra ante sus superiores, se le permite rumiar sus ilusiones favoritas. Pocos días antes de quemar su cajón de buhonero, había leído a Epicteto. Y el pensamiento de que un alma tan grande mantuviera su pureza, su integridad, incluso entre cadenas, lo alentaba y consolaba.
—«¿Cómo pueden hacerme daño —pregunta—, si espiritualmente estoy lejos de ellos, muy por encima de ellos? No pueden hacer más que ponerme botones dorados en la americana y darme una gorra para reemplazar esta de visera caída. Por lo tanto, serviré. Seré un esclavo, aun como Epicteto».
Y aquí debemos interponer un poco de nuestro escepticismo, aunque solo sea para satisfacer un anhelo habitual en nosotros. No dudamos de