Esto, con aire altanero, mientras extraía del narguilé el humo, que yo no lograba saborear.
Llegamos al cementerio cerca de la iglesia en el centro del pueblo. La cripta donde fue sepultada Henriette, una celda cuadrada, sencilla y enyesada, no está lejos de un roble que por la mañana la envuelve con su sombra; y justo enfrente hay palmeras cuyas sombras, al caer el sol, hacen un vano esfuerzo por besar su polvo. No hay hierba ni flores alrededor; pero sí mucho del polvo del abandono. Y de este tomo un puñado, como «el idiota Franje»; pero en vez de llevármelo, presiono en él mis labios y dejo mis besos sembrados cerca de la cripta.—Cuando las madres y las hermanas de estas colinas sagradas, oh Henriette, puedan ver las flores de estos besos en tu polvo, cuando puedan apreciar la sagrada pureza de tu espíritu y devoción, ¡qué madres tendremos entonces, y qué hermanas!
“Paso por el pueblo descendiendo por el camino de carretas hacia Jbail, o Biblos. En estas excavaciones, el astuto anticuario busca esas preciosas botellas de lágrimas de mis antepasados. Y mires donde mires hay tumbas en las que el arqueólogo encuentra algo que divulgar. La suya es, en verdad, una erudición esencialmente necrófaga. Pues piénsese: ¿qué sería de ella si una necrópolis, por ejemplo, no rindiera algo de alimento —un miembro, un torso, un palimpsesto, o incluso una lámpara de barro, un tiesto o una moneda? No critico a estos eruditos sepultureros porque no pueda interesarme en su trabajo; eso sería imprudente e injusto. Pero, en verdad, abomino de este negocio de «monetizar», por decirlo así, las ruinas y los restos, las cenizas y el polvo de nuestros antepasados. La arqueología por la arqueología misma es disculpable; la arqueología con el fin de escribir un libro es intolerable; y la arqueología por lucro es abominable.