Porque, para malgobernar bien, uno debe abrir su bolsa con tanta frecuencia como fuerza las bolsas de los demás. Pasaba en su carruaje este gran khawaja, cuando salíamos de la alfarería. Y a decir verdad, su panza, su papada y sus mejillas rojizas parecían ilustrar lo que el sacerdote me contó sobre sus propensiones usureras.
“¡Qué contraste entre él y los alfareros morenos, curtidos y hambrientos! No puedo pensar que la Naturaleza tenga nada que ver con estas desigualdades flagrantes. No puedo creer que, para producir una tez rosada, deba atrofiar a otros mil. No logro ver cómo, al beber del mismo manantial brotante, respirar el mismo aire de la montaña y regocijarse bajo el mismo sol ardiente, el khawaja adquiere una papada y el campesino una doble maldición. Pero su gordura y su rubicundez se deben al hecho de que gobierna mal tanto como su Pachá y su Sultán. Se engorda, al igual que un jefe de Tammany, a costa del chanchullo político, de la extorsión, de la usura. Su árbol está mejor abonado, por decirlo de algún modo; abonado por las viudas y atendido por los huérfanos de su pequeño reino. En una palabra, este gran khawaja es lo que yo llamo un coprófago político. De ahí su crecimiento sospechoso, su brillo y su lozanía.
“Pero él no es el único ejemplo en el pueblo de esta superabundancia de salud; los sacerdotes son muchos más. Pues no debo dejar de mencionar que, además de sus alfarerías y fundiciones, el pueblo está bendecido con una docena de iglesias. Cada familia, una especie de tribu, tiene su iglesia y sus sacerdotes; y, en consecuencia, sus enemistades con todas las demás.
Es una maravilla cómo la gente, en el hollín letal y el humo de la lucha y la discordia, puede trabajar y producir algo.
¡Adiós, gente morena! ¡Adiós, pueblo de campanas y alfarerías! Si no fuera por el khawaja que malgobierna en ti, y los sacerdotes que siembran su iniquidad en ti, habrías sido una ciudad ideal.