Siria*, que simboliza la sucesión natural al Invierno del destino de Khalid. En él hay manifestaciones patentes del triunfo del alma sobre las enfermedades, las adversidades y las penas de la vida mortal. En verdad, he aquí un ejemplo de fe, poder y amor que consideramos sublime.
“Los habitantes de mis terrazas y de sus muros”, traducimos, “ataviados con sus mejores galas domenicales, descansan en los umbrales o se asoman ociosamente por las ventanas. ¿Y por qué no? Es primavera, y para estas delicadas y dulces criaturas, la primavera es el único domingo del año. ¿Acaso no han abrazado la tierra húmeda y oscura el tiempo suficiente? Ocultas de la ira del invierno, ¿no se han acurrucado pacientemente en torno al fuego primitivo y sin humo de las profundidades místicas? Y ahora, habiendo apagado en parte la lluvia esa llama interior y oculta, salen a tomar el sol y a beber profundamente del aire ambrosíaco. Vienen, casi muertas de sed, a la Fuente Madre. Salen a rendir culto en el santuario de la Rabia de Attar, de alma dulce y absorta en Dios. ¡Qué deleitable mensaje del mundo subterráneo del romance y el encanto hay en sus rostros brillantes y radiantes! Sus labios están rojos por los besos del amor, en cuyos alambiques, intangibles e invisibles, la oscuridad y la humedad de la tierra se traducen en calidez, color y sombra. Sí, estos queridos pequeños, que despliegan sus suaves rollos verdes y leen en voz alta tales odas a la Modestia y a la Belleza, resultan tan inspiradores como la noche coronada de estrellas. Y cada rendija de los muros de mis terrazas parece exhalar un mensaje de dulzura, luz y amor”.
“¿No conoces la anécdota de la encantadora Diosa Rabia, tal como la relata Attar en sus Biografías de místicos y santos sufíes? Aquí la tienes. A Rabia le preguntaron si odiaba al diablo, y ella respondió: ‘No’. Al preguntársele de nuevo por qué, dijo: ‘Estando absorta en el amor, no tengo tiempo para odiar’”.
Ahora, todos los habitantes de mis terrazas y campos parecen hacerse eco de este sentimiento sublime de su Diosa. El aire y el sol, qué digo, hasta