El sol que se pone debe alzarse. Se está alzando e iluminando los continentes oscuros y distantes aun cuando se pone. Pensad en ello, vosotros que os regocijáis ante el hundimiento de mi yo mortal.
“No; una idea nunca se enuncia demasiado pronto. La buena semilla crecerá entre las rocas, aunque los cielos le nieguen el sol y la lluvia. Es porque yo lo quiero, no, porque una Voluntad superior a la mía lo quiere, que el espíritu de Khalid fluirá aún entre vuestras caravanas de peregrinos, a través de los fértiles desiertos de Arabia, hasta la fuente misma de la Fe, hacia La Meca y Medina”, etcétera.
Esta, tal vez la última de las rapsodias de Khalid, el Lector, considerando las circunstancias en las que fue escrita, sin duda la sabrá disculpar.
Además, sin embargo, en el manuscrito K.L. no podemos avanzar ahora. Ciertamente al Autor no le falta esa clase de valor que es de pulmones potentes tras la mesa de escribir; su suficiencia de espíritu es notable, indecible. Pero quisiéramos que supiera que los fuertes no se ufanan de su fuerza, ni los sabios de su sabiduría.
Pues volar y filosofar eran una misma cosa, y filosofar en prisión era otra muy distinta. Jalid esta vez no sigue de cerca la senda de los Maestros. Pero lo habría hecho, si podemos creerle a Shakib en esto, de no haberlo persuadido la señora Gotfry de lo contrario. Se habría presentado ante el Areópago turco en Constantinopla, se habría defendido de manera un tanto socrática ante sus jueces y habría dejado colgar su lengua de una inestable horca en las inmediaciones de Santa Sofía. Pero la señora Gotfry arruinó su gran oportunidad. Le escatimó la gloria de morir por una noble causa.
—Los turcos no merecen el sacrificio —oyó que ella decía, cuando Jalid exclamó algo acerca del martirio. Y cuando ella se ofreció a acompañarlo, la huida no le pareció vergonzosa a sus ojos. Es más, se volvió necesaria; y dadas las circunstancias, era, en verdad, cobardía no huir. Pues, ¿no es