lentitud, lánguidamente como ellos. Parecen tomar al Tiempo por la manga y decirle: «¿Qué prisa tienes?». «Estos burros», escribe Shakib, citando a Khalid, «pueden darle una lección a los europeos esforzados y a los estadounidenses hiperactivos».
En la Plaza de la Ciudad, al salir de los sinuosos y atestados callejones del Bazar, nos recibe uno de esos monumentos deslucidos que se encuentran en casi todas las ciudades del Imperio Otomano.
Y en la mayoría de los casos, se erigen para conmemorar la benevolencia y el celo público de algún walí o bajá que debió de amasar una hermosa fortuna con la promoción de una empresa pública. Sea como fuere. No nos compete aquí indagar en la corrupción de ningún Gobierno en particular.
Pero observamos que este adefesio lastimoso de monumento es a las ruinas de la Acrópolis lo que este absolutismo moderno, esta Turquía marchita, es a las magníficas tiranías de antaño. En verdad, nada