hojas de pan, y le hincó el diente. Con qué apetito, no necesito decirlo. Pero conste aquí que bajo el algarrobo, a la orilla del río Adonis, a la sombra del gran muro que rodea las ruinas del templo de Tamuz, yo, Jalid, en el año treinta y cuatro del reinado de Abdul Hamid, ofrecí un banquete a los dioses —los cuales, sin embargo, se conformaron con estar presentes y aplaudir la destreza devoradora del huésped péptico y maestro de ceremonias. Incluso la serena Majestad en Yildiz cambiaría, creo, un centenar de sus platos sellados por una tal sartén de huevos en un escenario tan encantado. ¡Pero para ella, ay!, tal alegría silvestre y sencilla es un libro cerrado. ¡Pobre Majestad Serena! Ahora, habiendo terminado el plato de fruta —¿y acaso no es la aceituna una fruta?—, lleno mi jarra en el río para hacer mi café. Y aquí pregunto: ¿En qué Hotel Cecil, Waldorf o Savoy, o en qué tienda árabe del desierto, puede uno conseguir una mejor taza de café que esta, que Jalid se hace a sí mismo? Alabados sean los dioses, antes y después. Sí, incluso al lavar mis ollas y platos alabo a los buenos dioses.
“Y habiendo hecho esto, enciendo mi cigarro, me cargo la cesta a la espalda y emprendo de nuevo la marcha. En tres horas, camino de Biblos, llego a una pequeña aldea situada en un uadi profundo y estrecho, cerrado por todas partes por enormes murallas de montañas. El lugar más apartado y sombrío que he visto hasta ahora.
Aquí, aunque de mala gana, habiendo caído la penumbra del día de diciembre, depongo el báculo de caminante. Y al entrar en la pequeña aldea, me saludan el balido de las ovejas y el mugido del ganado. La primera aldeana con la que me encuentro es una anciana que está de pie en su puerta, ante la cual hay un granado, desgranando su rosario. Me devuelve el saludo cortésmente y me invita diciendo: «Tened la bondad de hospedaros por la noche».
Mas ¿puede ser uno más bondadoso que semejante anfitriona? Al verme deponer mi carga, llama a su hija para que encienda el seraj (lámpara de