con un abrigo de polvo en verano. Me pregunto qué habría dicho de esto Rousseau, que llamó a París la ciudad del fango. Además, una ciudad gobernada por barqueros no es una ciudad para que vivan caballeros. Así que me propuse salir de ella, y pronto. Pero ayer por la mañana, antes de haber tomado mi café, alguien llamó a mi puerta. Abro y, he aquí, un policía de uniforme desaliñado pregunta por Jaled. ¿Qué habré hecho, pensé, para merecer esta visita? Y antes de que tuviera tiempo de imaginar lo peor, me entrega una tarjeta del diputado para Siria del Comité de Unión y Progreso de Salónica. Se me ruega en ella que acuda a la mayor brevedad al Club para reunirme con este caballero. Allí me recibe un oficial del ejército y un tal Ahmed Bey. Y después de que el café y las formalidades de cortesía terminan, se me pide que los acompañe en una gira por las principales ciudades del norte de Siria —a Damasco, Homs, Hama y Alepo—. El joven oficial del ejército ha de pronunciar discursos en turco; yo, en árabe; y Ahmed Bey, que es tan aceitoso como solo un turco puede serlo, se encargará, creo, de la colecta. Viendo en esto una oportunidad de difundir la Idea entre nuestra gente, acepto, y en quince días estaremos en Damasco. Debes venir allí, pues me muero de ganas de verte y abrazarte.
¿A que no sabes a quién encontré ayer? Vaya, nada me ha dado mayor placer desde que estoy aquí que esto: cruzaba la plaza de camino al Club, cuando alguien tirando con enojo de mi yuba me saluda enfadada. Miro hacia atrás,