Y Khalid le dice al viejo Jerry que, si todo el mundo que compra y lee libros se deshiciera de ellos al final como lo hace él mismo, las librerías de viejo ya no existirían. Pero el viejo Jerry nunca desespera por el negocio. Y la idea de convertir su Serapeum en un horno no le seduce.
Sin embargo, Jalid tiene otras ideas que el viejo admira, y que llevaría a cabo si la policía no interfiriera.
“Si yo fuera el dueño de esta tienda”, dijo así el neófito al maestro, “la anunciaría con una hoguera de panfletos. Tomaría unos cientos de ese montón de ahí y les prendería fuego justo frente a esa iglesia, o mejor aún ante la Bolsa de Valores. Y pondría a dos hombres sándwich junto a la hoguera, como sumos sacerdotes del Templo, a entonar las alabanzas del viejo Jerry y su librería de lance. Este será el sacrificio que habréis ofrecido al dios del Comercio justo ante su santuario para que ablande la dureza en los pechos de estos dignos ciudadanos, vuestros ricos vecinos. Y si no lo hace, pues bien, cerrad la tienda o quemadla, y salgamos a vender por las calles juntos”.
No sabemos, sin embargo, si el viejo Jerry llegó a adoptar la idea de Khalid. Él mismo es un oriental en este sentido; y el negocio marcha lo suficientemente bien como para mantenerse, siempre y cuando Khalid venga. Está sumamente contento.
En efecto, Shakib asevera en impecable árabe que el viejo de la bodega obtuvo una buena parte del saldo de Khalid, al tiempo que equilibraba la mente de este. Qué digo, incendiándola con literatura librepensadora.
¿Hemos de considerar entonces este sótano como la fuente de iluminación espiritual de Jalid? ¿Y es este bondadoso y viejo hereje un avatar estadounidense del monje Bahira?