nuestro Ermitaño, creo. Enróllate otro cigarrillo”.
“Gracias. Y el Ermitaño, ¿cuál es su opinión sobre él?”
“Bien, ejem—ejem—viva a visitarlo. Es un buen hombre, pero muy sencillo. Y entre nos, le gusta demasiado el dinero. Ejem, ejem, vaya a visitarlo. Si no estuviera ocupado en este momento, le acompañaría hasta allá”.
Damos las gracias a nuestro buen monje y desandamos nuestros pasos hacia la Ermita, rumiando entretanto aquella terrible observación sobre el amor del Ermitaño por el dinero. ¡Ceguera y Plaga! ¡hasta el troglodita te ama y te adora, tú, semidios plateado! No podemos creerlo. Los rencores de los monjes entre sí suelen alcanzar profundidades más oscuras y fatales. Ay, si la fe del quesero se ha corrompido, ¿qué diremos de la fe de nuestra monjesca grey? Si la sal de la tierra... mas no iremos ni al convento de monjas ni al de monjes. Vayamos más bien a la Ermita, Lector, y con sincero corazón; de verdad, no en broma.