“Alquilamos un sótano, tan profundo, oscuro y húmedo como pudo encontrarse. Y nuestro casero era un Teague, es decir, un bondadoso viejo irlandés que nos ayudó a montar las baldas y jamás reclamó el alquiler al alba del primer día del mes.
En la parte delantera de este sótano teníamos la tienda; en la trasera, nuestro hogar. En el suelo extendíamos nuestros colchones; en las estanterías, nuestras mercancías. Y jamás nos detuvimos a pensar quién en este caso estaba mejor. La seguridad de nuestra mercancía antes que la nuestra.
Pero diez días después de habernos instalado, el agua brotó del suelo e inundó nuestra tienda y nuestro hogar. Subió tanto que destruyó la mitad de nuestro capital de reserva y casi todos nuestros muebles. Y aun así, seguimos viviendo en el sótano porque, tal vez, todos y cada uno de nuestros comerciantes compatriotas hacían lo mismo. Todos estábamos igualmente expuestos a estas inundaciones en la temporada de invierno.
Recuerdo cuando el agua subió por primera vez en nuestra tienda, Jalid estaba tan obstinado y con los nervios de punta que salió corriendo sin gorra y en mangas de camisa para descubrir en la calle de al lado el origen de la inundación. Y un día, mientras sacábamos el agua a bombazos, me preguntó si creía que esto era más fácil que rodar nuestros techos en Baalbek. Porque, en verdad, el rodillo apisonador es un juego de niños comparado con esta bomba. Y un techo con goteras es mejor que un sótano inundado».
Sin embargo, este no es el momento para cavilaciones. Tienen que seguir bombeando sin cesar para salvar lo que quedaba de su capital social. Pero Khalid, a pesar de todo, se perdía en cavilaciones y parloteos. ¡Y qué inundación de ideas, y qué preguntas!