“Pues anoche soñé”, continúa, “que, con los multicolores ropajes de un emir árabe, sobre un dromedario enjaezado, a la cabeza de una inmensa multitud de gente, cabalgaba por el desierto. A dónde y de dónde, no lo sé. Pero los que me seguían parecían saberlo; pues gritaban: ‘Mucho tiempo te hemos esperado, ahora entraremos en paz’. Y en cada oasis que pasábamos, la gente salía a la puerta a nuestro encuentro y, postrándose ante mí, besaban la franja de mi vestidura. Hasta las mujeres tocaban mis botas y se besaban las manos, exclamando: ‘¡Allahu akbar!’. Y las palmeras, ¡billah! podía verlas inclinarse hacia nosotros para que comiéramos de sus frutos, y los manantiales parecían fluir con nosotros hacia el desierto para que jamás tuviéramos sed. Sí, así en triunfo marchamos de un campamento a otro, de un oasis al siguiente, hasta que llegamos a la Ciudad en las Colinas de los Bosques de Cedros. Fuera de la puerta, salieron a nuestro encuentro las más hermosas de sus mujeres morenas, y cuatro de ellas rodearon mi camello y tomaron las riendas de mi mano. Fui entonces escoltado a través de las puertas, hacia la Ciudad, hasta la ciudadela, donde me aguardaba su Princesa. Y ella, sacando un collar de cipreas de una bolsa que pendía de su pecho, lo colocó sobre mi cabeza, diciendo: ‘Te corono Rey de—’. Pero no pude oír el resto, que fue ahogado por las aclamaciones de las multitudes. Y las aclamaciones, oh Shakib, fueron ahogadas por la manguera de los marineros. ¡Oh, esa manguera! ¿Acaso no está hecha en el paraíso del que tanto hablas, el paraíso al que vamos llegando? No me la vuelvas a mencionar, por lo tanto, nunca más”.
Este es el sueño, a la vez sencillo y simbólico, que empieza a preocupar a Khalid.