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nydus/The Book of KhalidPublic
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IV. En el Muelle del Encantamiento

Estos son extranjeros robustos y aventureros a los que los malhumorados oficiales empujan y zarandean.

Pues ni la pobreza, ni la opresión, ni ambas juntas pueden expulsar a un hombre de su país, a menos que el alma que lleva dentro despierte. En verdad, más de un desventurado campesino acobardado sigue viviendo de pan y aceitunas en su pequeño pueblo, encadenado por el miedo a morir de hambre en tierra extranjera.

Solo los espíritus valientes y audaces atienden la voz del descontento que llevan dentro. Se entregan a las aspiraciones más elevadas del alma, por muy limitadas que estas puedan ser, sin importar los peligros y las dificultades de una larga travesía marítima, ni la precariedad de sus planes y esperanzas.

Puede que no haya nada noble en renunciar a la propia patria, en abandonar el hogar, en desamparar a los suyos; ¿pero no hay algo notable en este gran paso que uno da? Ya sea para bien o para mal, ¿no se sitúa acaso el emigrante por encima de su país, de su pueblo y de su Gobierno, cuando les vuelve la espalda, cuando se Marcha impulsado por ese ser interior que le exige una vida nueva?

¿Y no podría ser una vida mejor, más limpia, más elevada?

¿Qué dicen nuestros Señores de la Isla de Ellis?

¿No son acaso estos emigrantes desgarbados, malolientes y abatidos tan limpios por dentro, y tan puros, como los malhumorados oficiales que los acosan y humillan?

¿Acaso ese espíritu de descontento que alimentan, y por el cual cargan la cruz, por decirlo así, al otro lado del mar, no merece un poco de consideración, un poco de civismo, un poco de amabilidad?

Aún más alto que este grito se oye a Shakib, mientras Jalid se chupa la lengua con la boca abierta.

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