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nydus/The Book of KhalidPublic
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VI. Volantes y olanes

a exudar goma y brea para el comercio, en vez de dar frutos de Fe y Amor y Magnanimidad.

“La primera iglesia fue el bosque; la primera cúpula, el firmamento; el primer altar, el sol. Pero eso fue cuando el hombre andaba en cueros vivitos, hermano del león, no del buey, sin chorreras y sin fe.

Su espíritu, con el correr del tiempo, nació; creció y se desarrolló hacia el cenit y hacia el nadir, a medida que los ciclos avanzaban. Y en su orgullo espiritual, y en su orgullo de poder y riqueza también, se dio a pavonearse y jactarse a tal grado que en ciertas épocas desaparecía, se reducía a la nada, y solo quedaban los apéndices.

Eran apéndices considerables, sin duda; no del todo adsciticios. Volantes estos, en verdad, dotados, por decirlo así, de vida, y que crecen sobre el Espíritu muerto, como la hierba sobre la tumba.

“¿Y no es digno de mención que nuestra vida terrenal en ciertas épocas parezca estar compuesta enteramente por estos?

Que al caer el gran Pino, las hierbas nocivas, las zarzas y los arbustos espinosos que lo rodean crezcan con mayor rapidez y vigor, regodeándose en las reservas vitales de la tierra que antes le pertenecían, ¿no es esto llamativo y desconcertante, mis racionales amigos?

Sin duda, el Hombre no es ni el bípedo sin plumas del filósofo griego, ni el animal que usa herramientas del Sabio de Chelsea. Pues los animales también tienen sus herramientas y el hombre, con sus volantes visibles, tiene plumas suficientes como para dejar boquiabierto incluso a un pavo real.

Ambos filósofos míos han fallado el tiro esta vez. Y el Hombre, a mi modo de ver, es un Espíritu con volantes. De hecho, los volantes, en especial los invisibles, son lo único que nos distingue de las bestias.

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