Y este Shakib fue entonces suspendido y lapidado. Pero su humor, como el olor y el humo del ganja (hachís), se había vuelto sofocante. Así pues, dejamos nuestro chikbouk; y, agradeciéndoles el entretenimiento, luchamos contra la humareda ondulante y nos precipitamos hacia el aire libre.
En el grillroom de la Mena House nos encontramos con el poeta Shakib, quien por entonces bebía su inspiración de un vaso de güisqui con soda. ¡Qué digo!, ahogaba en él sus penas, pues su Maestro, ¡ay!, ha desaparecido misteriosamente.
—No lo he visto desde hace diez días —dijo el Poeta—; y no sé dónde está.—¿Que si lo supiera? Ah, amigo mío, entonces no me verías aquí. En verdad, estaría con él, aunque se encuentre en la trampa de los Jóvenes Turcos.
Y algunas lágrimas verdaderas rodaron por las mejillas del Poeta, mientras hablaba.
El Mena House, una encantująca y pequeña Sucursal de la Civilización a las puertas del desierto, se alza, como el hombre mismo, a la sombra de dos inmensidades terribles, la Esfinge y la Pirámide, el Origen y el Fin.
Y en el comedor, ante un vaso de whisky con soda, nos atrevimos a resolver en pocas palabras el eterno misterio. Pero a eso no habíamos venido. Y para evitar las desconcertantes profundidades hacia las que fuimos conducidos, sugerimos un paseo por la arena. Aquí el Poeta se mostró más elocuente y derramó más lágrimas.
—Este es nuestro rincón favorito —dijo—; aquí es donde deambulamos, aquí es donde holgazaneamos. Y Khalid me dijo una vez: «Al holgazanear aquí, trabajo tan duro como los albañiles y peones que trabajaron en estas pirámides». Y le creo.