—Todo en la vida debe resolverse siempre en amor —dijo Khalid, mientras estaba de pie sobre la roca tendiendo la mano a su amigo—. El amor es el disolvente divino. El amor es el esplendor de Dios.
La señora Gotfry hizo una pausa en las últimas palabras. Le sobresaltó esta imagen. ¿El amor, el esplendor de Dios? Vaya, el Bab, el Baha, es el esplendor de Dios. Baha significa esplendor. El Baha, por lo tanto, es amor. El amor es la nueva religión. Es la vieja religión, la religión eterna, la única religión. ¿Cómo llegó él a esto, este joven sirio? ¿Pretendería rivalizar con el Baha? ¿Alzarse por encima de él? Son de razas emparentadas; sus antepasados, también, quizás sean los míos. El amor, el esplendor de Dios; Dios, el esplendor del amor. ¿Me habré estado engañando todo este tiempo? ¿Acaso no conocía mi propio corazón?
Estos, y otros pensamientos semejantes, pasaron por la mente de la señora Gotfry, como lanzaderas por un telar, mientras Jalid la ayudaba a subir a su asiento sobre el peñasco, bañado por la corriente murmullante.
—Si la vida fuera una roca semejante bajo nuestros pies —dijo, presionando los labios contra la mano de ella—, las corrientes divinas que la rodean habrán de fundirla, tarde o temprano, en amor.
Encienden cigarrillos. Una brisa fresca sopla desde la ciudad. Los sigue con el perfume de sus jardines. Las hojas caídas susurran en la arboleda a las ramas oscilantes. El narciso saluda al mirto al otro lado del camino. Y los bulbules vierten su dorado esplendor de canto.
Jalid habla.
“La belleza o detiene, o repelen, o encanta. La primera es puramente externa, lineal; la segunda es una imitación de la primera, por así decirlo, su ideal artístico artificial; y la tercera”—Calla. Sus ojos, fijos en los de ella, toman la posta.
La señora Gotfry se aparta de él, exhausta. Mira hacia el agua.