Pero solo durante un mes podría él sufrir lo que el judío ha sufrido durante siglos. ¿Por qué? He aquí la diferencia entre el sótano del sirio semita y el del judío semita:
- en la primera comemos muyadara, en la segunda, carne kosher pero apestosa;
- en la primera leímos poesía y tocamos el laúd, en la segunda peleamos por el alquiler y el reparto de las ganancias del día;
- en la primera dormimos en sábanas «tan blancas como las alas de la paloma», en la segunda sobre trozos de mantas malolientes;
- la primera exhala esencia de rosas, el perfume favorito de Shakib, la segunda se vuelve especialmente insoportable por ese tufo que es propio de todo panal hebreo.
Por estas y otras razones, Khalid se separa de sus compañeros vendedores semitas y da esta vez un paso más grande que el primero.
Ay, aun hasta el Bronx, por donde a menudo en otros tiempos, cargando con la cajita de buhonero, caminaba a zancadas, empujará ahora su carrito de naranjas y sus esperanzas.
Allí, entre la Ciudad y el Campo, más cerca de la Naturaleza y no lejos del tráfico de la vida, le va mejor tanto en salud como en bolsillo. Le agrada mucho, este extremo superior de la Ciudad.
Aquí el ambiente es más pacífico y relajante, y la policía es más amable. No, no lo apodan ni lo acosan en el Bronx. Y jamás le ordenaron que circulara, a pesar de que instaló su puesto durante meses en la misma esquina.
—Ah, qué bondadosas y humanas se vuelven las personas —dice—, aun cuando no están del todo fuera de la ciudad, sino tan solo en las afueras de la extensión campestre.