en Turquía y Dahomey como lo son en París o Nueva York.
Y aquí llegamos a uno de esos zarzales de la Histoire Intime que hemos de cruzar a pesar de las señales de advertencia.
Entre dos párrafos, para decirlo sin rodeos, en el primero de los cuales se nos cuenta cómo los dos sirios se establecieron como comerciantes en Nueva York, y en el segundo, cómo y por qué se echaron a la espalda la caja de buhonero y se lanzaron a los caminos, hay un párrafo tachado que contiene una revelación de la mayor importancia.
Parece que, tras reflexionar maduramente sobre el asunto, nuestro Escriba llegó a la conclusión de que no es propio incriminar a su ilustre Maestro. Pero he aquí una confesión que cien tachaduras no pueden borrar. Y si no quería hacer llegar el asunto a nuestro conocimiento inmediato, ¿por qué, nos preguntamos, no reescribió la página? ¿Por qué no cubrió bien dicho párrafo con tachaduras y arabescos?
Aquí sí sospechamos de chiquinadas; pues mediante esta plausible retractación querría trasladar la responsabilidad a