corazón, cabalgaremos, y allí haremos arrodillar a nuestros camellos y nos estableceremos como labradores. Incluso te construiré un pequeño hogar semejante al tuyo. Y tú serás para mí un aura de salud, que respiraré junto con el aire del desierto y la brisa vespertina. Sí, nuestro amor habitará en un palacio de salud, no en una choza de enfermedad.
Mientras tanto, compraremos con el poco dinero que tengo un pequeño trozo de tierra que cultivaremos juntos. Y tendremos ganado y beberemos leche de camello. Y dormitaremos por la tarde a la fresca sombra de las palmeras, y por la noche, arropados en nuestros mantos, dormiremos sobre las arenas bajo las estrellas vivas. Sí, y Najma será la anunciadora del alba para Khalid.—Allí, en esa pequeña granja en el oasis de nuestro desierto, lejos del mundo y de las santificadas abominaciones del mundo, viviremos cerca de Alá una vida de purísima alegría, de verdadera felicidad. Jamás nos preocuparemos por las esperanzas del mañana ni por las bendiciones idas del ayer. No soñaremos con el descanso mientras trabajemos, ni pensaremos en nuestras tareas mientras bebamos de la copa del reposo: cada hora será para nosotros un compendio de la eternidad. Las pruebas y tribulaciones de cada día se irán con el sol poniente, para no volver a alzarse con él jamás.
Pero soy cruel al hablar de esto. Pues tus miradas destierran la pena, y siempre estaremos juntos. Ay, corazón mío, y cuando toque el laúd por la tarde, me cantarás una mulayiah, y las estrellas sobre nosotros bailarán, y la brisa del desierto nos cobijará en sus susurros de amor. …
Y así interminablemente, mientras Najma, que comprende poco de todo esto, se sienta a su lado sobre una columna caída en el Templo y puntúa sus palabras con exclamaciones de asentimiento, con largos suspiros de alegría y asombro.
“Pero no vamos a vivir en el desierto todo el tiempo, ¿verdad?”, pregunta ella.