otros lujos de la arquitectura. Fuera de lugar en estos parajes silvestres, completamente fuera de lugar. Cerca de allí hay dos beits primitivos de tejado plano, que se erigen con severidad a modo de reprimenda contra las tendencias extravagantes de la época. Voy allí con la esperanza de comprar algo de queso y huevos, y veo a una dama de severa belleza que fuma en narghile y da órdenes a un criado. Me devuelve el saludo desde su silla y me dice con aire ofendido, tras haberle manifestado mi deseo, que los huevos y el queso se venden en las tiendas.
—«Puede pasar a desayunar», añade; y dando palmadas para llamar al criado, le ordena que ponga la mesa para mí. Entro en el beit, que está dividido en cocina, comedor y salón. Sobre la mesa se extiende el desayuno habitual de un libanés adinerado: a saber, queso, miel, mermelada de higos y aceitunas verdes. El criado, que tiene curiosidad por saber mi nombre, mi religión, mi destino y demás, me cuenta después que Madame es la esposa del kaimakam, y