Con las huríes
De la casa de la ley, el derviche Khalid emprende su camino hacia la de la ciencia, y de la casa de la ciencia pasa a la de la metafísica.
El bastón en mano, el zurrón colgado al hombro, la cigarrera de plata en el bolsillo, paciente, confiado, contento, avanza de un lugar a otro. A diferencia de sus hermanos derviches, va limpio y, además, presume de ello. Llama a esta o aquella puerta, expresa su deseo al criado o a la señora, acepta las migajas que le dan y, no pocas veces, arrea su aguijonazo a los perros.
En el vestíbulo de una de las casas de espiritismo, se demora un rato y parlamenta con el sirviente. La Señora, una dama de buen parecer y dulce hablar de treinta y cinco años o más, sale repentinamente de su estudio, envuelta en una bata de terciopelo negro de diseño curioso; la atraen hacia la puerta el acento extranjero de la charla y la cadencia peculiar de su voz.
Se encuentran: y corrientes magnéticas procedentes de sus oscuros ojos y de los ojos azules de ella, fluyen y se funden. Hablan: y la dama le pregunta al extranjero si no querría servir en lugar de mendigar. Y él protesta: «Soy un derviche a la puerta de Alá». «Y yo soy un espíritu en la casa de Alá», replica ella.
Entran: y a la parodia del vestíbulo le sigue un tête-à-tête en el salón y otro en el comedor. Se ponen de acuerdo: y el forastero pasa a ser miembro del Hogar Espiritual, que ahora se compone de ella y él, el Médium y el Derviche.