Porque con la ayuda del Jerry de segunda mano y la taquilla de los malabaristas ateos, había agotado sus pequeños ahorros. Ya ni siquiera quería salir a vender por la calle. Y cuando Shakib le pide una mañana que cargue con la caja y salga, él le responde:
“Tengo un pequeño asunto que resolver con él aquí.”
Porque tras haber impugnado a los Grandes Sacerdotes del Ateísmo, parece haberse vuelto contra sí mismo. Traducimos del manuscrito de K.L.
“Cuando me desengañé del ateísmo, cuando vi algo de la mezquindad y el egoísmo de sus protagonistas, comencé a dudar de la honradez de los hombres. Si estos, nuestros supuestos maestros, son tan viles, tan mercenarios, tan falsos —¡pues bien, bienvenido sea Yahannam!—. Pero cuanto más dudaba de la honradez de los hombres, más creía que la honradez debía ser la virtud cardinal del alma. Llego tan lejos en esto que, a mis ojos, un ladrón honrado es más digno de estima que un materialista santurrón o un librepensador hipócrita. Aun así, la voz en mi interior preguntaba si Shakib era honrado en sus tratos, si yo lo era en mi venta ambulante. ¿Acaso no he tergiversado mis baratijas como el ateo tergiversa la verdad? ‘Esto está hecho en Tierra Santa’, ‘Esto viene del Santo Sepulcro’: estas mentiras, oh Jalid, recaen sobre ti. ¿Y qué diferencia hay entre las joyas que hiciste pasar por oro y los argumentos del predicador ateo? ¿No son ambos instrumentos de engaño, ambos diseñados para atrapar el dólar? Sí, lo has sido, oh Jalid, tan mezquino, tan mercenario, tan deshonesto como esos infieles santurrones.
“¿Y qué vas a hacer al respecto? ¿Continuarás, estando tú mismo en los cenagales, señalando con desprecio a aquellos que están en la cuneta? ¿Te atreverás, en tu deshonestidad, a impugnar la honestidad de los hombres?
¿No vas a tomar una resolución ahora, ya sea de guardar silencio o de salir de los cenagales y elevarte a las cumbres de las montañas?